Luego de aquello tu creías era una pesadilla…
Luego de observar tu cuerpo lleno de espasmos violentos…
Tus antes hermosas pupilas de maple se encontraban ahora rasgadas por el azabache de la soberbia y el pesar.
Como un fantoche de porcelana se irguió tu silueta doliente, tus pasos inseguros y temblorosos te guiaron a través de aquellos sombríos pasillos ante esa habitación que solo yo conocía.
Una dama de hierro cimbrada frente a tu rostro oxidado de odio y tantas herramientas de obsidiana cuyas historias no debías escuchar.
Oh pero sonreíste…
¡Sonreíste con sadismo y devoción!
Y aproximándote con ansiedad tomaste entre tus manos inocentes el arma repleta de púas expectantes que brillaban con el dejo de luz lastimera colada por un orificio en la pared de concreto. Demasiado pesada tal vez para la poca fuerza palpitante de tu ser, la llevaste arrastrando de vuelta, y como millones de agujas reventado el suelo, rechinaban las púas destrozando la alfombra victoriana.
Tu respiración desfalleciente, tus lágrimas intoxicando tus mejillas… y con terror un sonido gutural escapándose de tus labios de rubí.
Tu voluntad incluso era banal ante mi fuerza, te susurraba esa canción de cuna al tiempo que tus pasos se dirigían de forma muy lenta hacia la salida.
Lo que mejor expresado…
Seria el comienzo de todo…
-“de…deten…te…”-
Lograste emitir con un semblante de suplica, pero ambos sabemos mi muñeca, que no conozco la misericordia.
Me reí, y seguí cantando.
Te escuche llorar y lo disfrutaba, estabas bailando para mi, ¡solo para mi!
Y podía percibir, el aroma exquisito de tu sangre tibia escurriéndose de tu pecho agitado.
El dolor que te destrozaba cada articulación…
La obscuridad que hacia crujir tus ojos abiertos de par en par.
-Todo aquello que conociste fue una mentira, todos aquellos te mintieron, pero yo mi muñeca… solo yo soy real, escúchame y obedece con gratitud-
Y la orquesta concluyó a melodía con un grito despiadado escapándose de tu garganta.
Se apagó todo en ti, te consumí a mi antojo.
Todos, todos y cada uno de los ojos curiosos que te habían observado con obsesión pagarían por ello, todo aquel que se atrevió a tocarte, incluso a respirar en tu presencia.
-¡Baila mi muñeca al compas de la luna falsa! ¿Lo escuchas? Ese sonido desgarrador, esas voces que te piden piedad, arráncales las entrañas una por una…-
¡Que hermosa cumplía mis expectativas! Levantaba los brazos hacia el manto nocturno y con un movimiento rápido golpeaba los cuerpos contra las púas y el suelo, y podía escucharse el melodioso ritmo de la sangre chapoteando,
El crujir de los huesos que explotaban, los gritos…el dolor ¡Todo era un escenario perfecto!
Más sin embargo, llorabas… tus ojos negros de violencia desprendían lagrimas al ver como destrozabas los cráneos partiéndolos por la mitad, al ver las convulsiones despiadadas que venían después.
Pero no te detenías, era un cuerpo tras otro… esas púas ya llenas de sangre y carne fresca no se saciaban.
Esta era, mi presentación culminante.
Los testigos se encontraban ahora tendidos por toda la tierra ya húmeda de crueldad. Teniendo pesadillas sobre una laguna roja y adamantina bajo nuestros pies.
Si, yo aun podía escucharlos sollozando con piedad, y lo mejor de todo… el sabor de la especia del viento con olor a oxido de los inocentes que no valían siquiera una mirada de compasión.
Te abracé por la espalda.
-“despierta mi pequeña”-
Esboce a tu oído, y el hermoso color maple volvió súbito a tus orbes, y temblaste… -“ellos lo merecían”-
Te dije, y te ahogaste al percibir que de esa función bajo el telón de acero tu fuiste el exitoso personaje estelar.
Y yo, yo estaba a tu lado aplaudiéndote, aún cuando ya hacías muerta de dolor sobre la alfombra de sangre.
Luego del majestuoso espectáculo, te guié de regreso a la mansión, limpié la sangre que contaminaba tu ser y te dejé tendida sobre tu cama, esa famosa casa de muñecas, sabía que se deterioraría con el tiempo, oh pero tu no mi amor, tu permanecerías hermosa, sin vida, por qué eras un simple fantoche ahora, pero vendría a diario a verte… para cambiar tus vestidos.
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